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lunes, 3 de marzo de 2014

CRÍTICA: EL LOBO DE WALL STREET

Uno de los temas más recurrentes de la carrera de Martin Scorsese y que más ha fascinado al genio italoamericano es su fascinación por la obsesión. Empezó centrándose sobre todo en el escalafón más bajo de la sociedad norteamericana donde habitaban los “rateros” con aspiraciones como Charlie y Johnny Boy en Malas Calles o veteranos neuróticos como el  Travis Bickle de Taxi Driver.  No fue hasta la llegada de los años 90 donde Scorsese sacó de su chistera ese cine que ha marcado más su figura pública como cineasta. Fue con Uno de los Nuestros,  la obra que le convirtió en el cronista de referencia de la mafia (con permiso de  F. F. Coppola) y que mutaría cinco años después en Casino,  cortada por el mismo patrón que la anterior pero con mayor sobredosis de excesos. Un particular duología de la ambición donde como en el 90% de la filmografía de Marty, la violencia extrema se manifestaba como líquido amniótico de nuestros deseos más culpables. 

Y ahora, en pleno siglo XXI, con la crisis dejando en paños menores nuestro mundo, esa substancia dolorosa se descubre aquí como traje de camuflaje para la era hormonal.  No en vano, podríamos resumir este mastodonte fílmico que es  esta película como la versión genital de sus anteriores crónicas mafiosas. Substituyan violencia por sexo, gánsteres por brokers, y Robert de Niro por Leonardo Di Caprio. Si, El lobo de Wall Street es como el fin de la trilogía de la ambición que empezó por las dos cintas scorsesianas ya mencionadas con el espíritu de Calígula latiendo en sus carnes.

Sobre el papel, puede parecer algo reiterativo pero nada lejos de la realidad. Si, las tres van de nacimiento, auge y caída de mitos cegados por la codicia y que acaban siendo parias sin alma.  Sin embargo, cualquier atisbo de previsibilidad se hace añicos desde el minuto uno. La historia del corredor de bolsa y estafador bursátil Jordan R. Belfort es entretenidísima, adictiva, se realimenta a cada momento (gracias Terence Winter) y también tan agotadora que no deja ni respirar al espectador; dejándonos como dirían los protagonistas en un "lute" permanente.

Tampoco se salva de la excelencia el elenco: Di Caprio se supera otra vez mas, en una sobreactuación tan medida que parece mentira que exista un actor así. Jonah Hill no es Jonah Hill. Es Donnie, su personaje. Y un Matthew McConaughey post-Dallas Buyers Club se confirma en pocas escenas como uno de los actores más en auge de los últimos tiempos.


Y ante todo este desfile de abundancia material, una pregunta para la posteridad… ¿cuál es  nuestro papel? El último plano de El lobo de Wall Street la responde.  Porque Scorsese, seguro de la naturaleza de su propuesta y de su cine, es capaz de resumir su esencia en un ejercicio de meta cine tan sutil como magistral.  En un única imagen. Y eso lo confirma (aún mas) como uno de los mejores directores de la historia del cine.

NOTA: 10



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