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viernes, 8 de marzo de 2013

CRÍTICA: OZ





La era de Google y la sobreinformación ha venido conjuntamente con una crisis de creatividad en el cine de Hollywood. George Lucas ha sido su culpable indirecto no sólo convirtiendo su Star Wars en franquicia si no extendiendo el legado fílmico de la marca en la reconstrucción de sus propios iconos con sus precuelas. Algo que el emporio de Sunset Boulevard ha convertido en moda y de ahí que alguien como Sam Raimi se vea relegado a categoría de artesano para revisitar el mundo de Oz a través de sus orígenes. El resultado no presagiaba nada bueno. ¿Otro ejercicio de remix que canibaliza los referentes culturales anteriores para crear un vínculo con el espectador? ¿No sería mejor crear algo nuevo que inyectarle sustrato a un referente previo para ocultar su superficialidad y oquedad?

Pues va a ser que no. Sam Raimi pulveriza todos los prejuicios y nos trae una maravilla con un James Franco en estado de gracia y el mundo mágico más deslumbrante que he visto en el cine desde la Tierra Media de Tolkien. En Technicolor 2.0. Y en 3D.

El film recrea los orígenes del Mago de Oz. Oscar Diggs (James Franco), un mago de circo de poca monta y de dudosa reputación, tiene que abandonar un Kansas en blanco y negro para trasladarse al brillante y colorido País de Oz donde se verá envuelto en una guerra entre tres brujas.

Después de escuchar palos al film del director de Evil Dead, me sorprendió gratamente en su visionado el talento mostrado en el largometraje. Para un servidor, Oz es un milagro y demuestra lo infravalorado que es Sam Raimi en la industria palomitera. El creador del Spiderman bajo las rasgos de Tobey Maguire nos trae un canto a la infancia, a la magia, tan autoparódica y desvergonzadamente cursi que me ha parecido simplemente irresistible. Un reparto en que el único pero que le detecto es una Rachel Weisz un pelín discreta y alguna secuencia con regusto efectista y un tanto forzada; imposiciones comerciales para que la sombra de la fatalidad nos haga encajar las piezas con su obra madre. Ese es el principal problema de Oz. Este diseño de orfebreria está al servicio de cierto mercantilismo insano que si en vez del sello de la obra de Braum hubiera llevado uno mas autoral, hubieras podido estar hablando de una obra maestra.

Pero lo que tenemos es pura delicia. Una montana rusa visual con un Oz arrollador y canalla cuyo giro final a lo heist movie haría las delicias del Tarantino mas bélico; amén de un broche cerrado sin traicionar su etiqueta de producto. Ver para creer. Igual que una sensibilidad a flor de piel, ingenua y hasta minimalista como una muñeca de porcelana. Con esta obra, después del pequeño traspiés que supuso su última incursión en el universo del trepamuros, el de Michigan se revaloriza como cineasta.

En definitiva, Oz no es el clásico de la Metro Goldwyn Mayer pero es una de las mejores cintas de fantasía que yo he visto en mucho tiempo. Y si, el Mago de Oz es una de las novelas de mi infancia pero no soy ningún fan de la obra  de L. Frank Baum, ni la citada pelicula protagonizada por Judy Garland. Simplemente, son las impresiones de este cronista que se ha visto seducido por una obra que le ha cautivado. Espero que ustedes también lo hagan. Y si no, no pasa nada. Esto es cine.


NOTA: 8


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