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martes, 6 de enero de 2015

CRÍTICA: EXODUS, DIOSES Y REYES

Hollywood está en un momento de falta de ideas para sus películas, aunque los avances tecnológicos le han dado nuevo arsenal formal para aburrir. Así que el reciclaje de premisas se marca una nueva víctima: La épica bíblica. Ya lo hizo Aronofsky con su algo heterodoxa Noé y próximamente, lo hará el director de Wanted con Ben-Hur. Exodus, de Ridley Scott, reproduce algunas claves de las superproducciones de Cecil B. deMille (incluida la transformación de nuestra geografía en caldo de cultivo para el péplum), pero en formato digital. No obstante, la cinta tenía los suficientes elementos de qualité para tener esperanzas: Un director, Ridley Scott, capaz de dar no sólo con cimas maestras entre su eclecticismo, sino también de reinventar universos fílmicos. Un director de fotografía, Dariusj Wolski, responsable de algunos de los trabajos palomiteros más destacables de los últimos años (la saga Piratas del Caribe, entre otras). Y un elenco de actores de alto copete (Christian Bale, Ben Kingsley) con algunas prometedoras figuras como la de Joel Edgerton, ya visto en El gran Gatsby.

Sin embargo, Exodus no funciona. Por múltiples factores, pero principalmente por un montaje desatinado, donde la cinta se devora a sí misma y deja en evidencias sus virtudes, pero también, y sobre todo, sus carencias.

Para empezar...El dramatismo del film es inverosímil. Los actores, o bien están desconectados desde el principio (Joel Edgerton está muy perdido como Ramsés), o bien se desenchufan a las primeras de cambio (Christian Bale se pone en modo automático tras el exilio), o simplemente, están desaprovechados (el citado Kingsley y, en especial, Aaron Paul, en un papel casi de figurante a pesar de ser Josué). Un caso aparte es el de la española María Valverde. Quizá es la mejor de elenco, gracias a que es la única que aporta matices a su encorsetado personaje, pero sus intentos fracasan ante la nula química que tiene con el actor de Las Flores de la Guerra o el Batman de Nolan.

Respecto al aspecto técnico, cabe destacar que es donde la cinta da el do de pecho. El antiguo Egipto en 3D es una gozada y el diseño digital no sólo funciona, sino que es la única que articula un discurso coherente, junto con su oscura fotografía. Y es que de la luz cálida tan propicia de estas superproducciones faraónicas deriva en una paleta de colores fríos (citando la película de Sánchez Arévalo, diríamos que el cromatismo de este Exodus es  “azul oscuro casi negro”) y da énfasis a los puentes con el presente que presenta la cinta como metáfora: Donde los faraones son los ricos, los esclavos  son los pobres y las coincidencias entre la crisis económica actual y la decadencia de Ramsés revelan dichas épocas como hermanas. Y si además, conviertes esa decadencia en carne “cruda” de trash digital, como aquí ocurre, tienes el placer palomitero asegurado. Y más viniendo de un contestario (del sistema, eso sí) como el señor Scott…

Sin embargo, esa cinta sólo está en el principio y luego sólo se recupera en ciertos momentos, por culpa de esa estructura caótica, que reduce el poder de show abstracto masivo de la película (su mejor y prácticamente única baza) en algo casi anecdótico. Hay demasiado relleno, y es que el film abre muchos frentes y no cierra ninguno con un mínimo de solvencia. Es más, en la segunda parte parece el tráiler más largo del mundo y ni siquiera su clímax da la talla. Ver para creer...

En definitiva, una propuesta que, si hubiera centrado más sus energías sobre todo en su lado más lúdico (si hubiera sido más la Pompeya de P. S. Anderson, que una copia fútil de los 10 mandamientos de Cecil .B. DeMille); y en el debate teológico que, por momentos se vislumbra (un aspecto que el citado director de Cisne Negro sí acertó en su film sobre el arca), me hubiera convencido más como pasatiempo navideño. Pero no es el caso. Desconozco si el resultado es un hecho deliberado, pero lo que sí podemos deducir a través de esta superproducción es que se confirma la tendencia a un cine de gran consumo más expresivo y abstracto, cuya batalla con la narrativa pronostica un final incierto, pero, a priori, como mínimo interesante. En este caso, como siempre, el público proveerá.

NOTA: 4

CRÍTICA: EL JUGADOR


Empezamos sin rodeos: El Jugador es un vehículo de lucimiento para su productor ejecutivo Mark Wahlberg. Su personaje es el 95 % de la peli, ocupa cada plano y tiene hasta un look molón para atrapar al espectador. Eso no tiene que ser algo malo si realmente la exhibición actoral del actor creador de Entourage vale el precio de la entrada.

Bajo mi prisma ese no es el caso. Creo que a Mark le viene grande un personaje que por otro lado, tampoco es que esté bien perfilado en el libreto. Es uno de les principales defectos de un film que lo veo como un pastiche en tierra de nadie. La odisea de un jugador que tiene que pagar sus deudas para salvar al pellejo ya la hemos visto muchas veces. Y ese profesor nihilista lo encarna mucho mejor Hank Moody en la serie Californication, por ejemplo, que en esta cinta de aroma 70 tan falazmente transgresor como excesivamente correcto para el tipo de cinta que pretende ser. No en vano, el film es un remake homónimo de un film de la década de los "Moteros tranquilos, toros salvajes", pero con un filtro asilvestrado que la impide avanzar.

Pero las cosas como son: Tiene elementos que me han gustado. La historia es sencilla, pero entretiene lo justo como para seguirla. El trabajo de los secundarios aún la hacen mas apetecible. Ellos son realmente la "salsa" de esta pelicula: Jessica Lange, Brie Larson (esta chica es magnífica), John Goodman (como no, brillante en un papel ) e incluso el semi- cameo de Richard Cliff vale la pena, con un divertido personaje que...(hasta aquí puedo contar). Respecto el tándem Rupert Wyatt (director) y Greig Fraser (director de fotografía) le otorga un plasticidad a la cinta interesante. Buena puesta en escena, desenfoques elegantes, zooms, alguna secuencia en cámara rápida e incluso algún coqueteo impresionista interesante con la luz que le da empaque al conjunto. Todo esto hace que la cinta se vea con cierto agrado. Pero hasta ahí.

 Y es que todo se reduce a lo mismo: un guión limitado con buenas ideas, eso sí, pero a medio cocer, un protagonista que no acaba de convencerme y un tono inane que le falta tanta anarquía, como la que piden a gritos la set-pieces musicales, que me suenan forzadas, a diferencia de las del director de Taxi Driver con la que se quiera aparentar.

No obstante, ojalá todos los "baches" sean así de resultones como este revival...Y es que si el film sirve de trampolín definitivo para Wyatt (después de ser despedido del reboot simio) y para Brie Larson (Las vidas de Grace, si no la habéis visto, hacedlo ya), podemos decir que la jugada habrá sido ganadora para un servidor. Eso, y que tiene algunas líneas realmente clarividentes sobre la gran mentira de la sociedad del “bienestar”.

NOTA: 5,5