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sábado, 24 de enero de 2015

CRÍTICA: THE IMITATION GAME


Hablar de "The Imitation Game" plantea algunas cuestiones que es imposible obviar referentes a su fidelidad: La presunta libertad con el que se ha adaptado la vida de Alex Turing a la gran pantalla, no sólo reformulando ciertos hechos si no la personalidad del artífice de la computación moderna, lo que promovería un interesante debate de donde empieza la adaptación del libro de Andrew Hodges sobre el matemático y donde la invención; aún más cuando el retratado es un personaje real. No obstante, aquí vamos a extrapolar estos dilemas para desgranar todo lo acontecido en el metraje de este drama de Morten Tyldum y valorarlo como conjunto fílmico. 

Y en este caso, bajo este cronista, estamos ante un notable ejercicio que usa su naturaleza académica de procedimental  histórico para hablarnos sobre los mecanismos sociales y un personaje ajeno a ellos. Dicho rol encarnado por un magnífico Benedict Cumberbatch (arropado por un buen cast para la causa aunque más en segundo plano) plantea la interesante disyuntiva de, a pesar de ser capaz de descifrar la máquina mas indescifrable de la historia es incapaz de discernir los códigos de conducta humanos. El personaje posee un tipo de autismo de alto funcionamiento o el denominado síndrome de Asperger que lo convierten para sus colaboradores en un ser solitario, incapaz de relacionarse con los demás y  de aspecto frío y petulante. Eso cambiará con la ayuda de Joan Clarke (Keira Knigthley), una joven matemática que llegará al equipo no sólo para demostrar su talento descifrando el código nazi si no ayudando a Benedict a acercarlo al mundo "humano".

Esta es la base de "The Imitation game" que oscila en tres líneas narrativas, (su niñez, durante la guerra, y después) centrándose sobretodo en la segunda y revelando al final del film, que las anteriores sirven mas de apoyo de la principal que propias subtramas con hondura. Y es que a pesar de que todo queda bastante atado (amén de esos títulos explicativos finales a veces discutibles), dichas resoluciones se antojan como esquemáticas y manifiestan el gran problema del film. Querer abarcar demasiado. Cuestiones como la homosexualidad de Turing en una época en que estaba penada están plasmados casi de puntillas a pesar de su importancia debido a los esfuerzos que hace el film en centrarse en la historia de un hombre alineado del resto de sus congéneres y su evolución, dentro de los parámetros de su fisiología psíquica. No obstante, ese aspecto del film está tan bien tratado y el film resulta tan entretenido como clásico, al desarrollar por la vía british la dirección de Morten Tyldum acompañado por el reputado Oscar Faura en la Fotografía y la música de Alexander Desplat. Dicha combinación se traduce con un agilidad elegante, contenida aunque sin riesgos; que recuerda inevitablemente a la reciente "La Teoría del Todo" de James Marsh. 

Es justamente, esa circunstancia temporal, la que tampoco beneficia el film de cara al espectador. Los dos están cortadas por patrones muy similares y he de decir, que sin embargo, considero el film de Marsh ligeramente superior. No obstante, en el fondo son cintas muy dispares ya que aquí no hay romanticismo, sino algo mucho más difuso e igualmente interesante. Los sentimientos humanos articulados como algoritmos que se pueden conjugar de muchas formas posibles, y sin taras que los limiten más allá de su propia naturaleza.

NOTA: 7


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