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martes, 6 de enero de 2015

CRÍTICA: LEVIATÁN

Kolia es el único que queda en el pueblo situado a orillas del mar de Barents, al norte de Rusia, ya que todos se han ido a la ciudad. Trabaja en un taller de mecánica al lado de su casa, donde vive con su joven esposa y su hijo, fruto de una relación anterior. El alcalde del pueblo está decidido a apropiarse de la de la casa y del taller de Kolia a toda costa. Primero intenta comprar el terreno, pero Kolia no está dispuesto a vender.

Cada vez detecto ya sea en el blockbuster más palomitero o bien en una película de autor europeo, una tendencia a hinchar el metraje que le hace un flaco favor a la cinta. El caso de Leviatán, de Andrey Zvyagintsev, me parece que entraría en este saco. Me da la impresión que esas casi 2 horas y media podrían durar 90 minutos, si se hubiera optado por la concesión en una historia llena de buen cine, pero a la que le cuesta mucho arrancar y terminar.


El inicio rodado en la hora mágica (enorme fotografia premiada en el Festival de Sevilla) nos pone en situación en un paraje perdido con esqueletos de animales abandonados en la playa para luego hacer una radiografía de una sociedad rusa que huele a vodka, a disparos y gotas de humor enfermizo. Su protagonista, interpretado por Aleksey Serebryakov, no se va a ganar la simpatía de la audiencia, aunque su causa si lo haga. Quizá mas lo hará la vulneralidad del rol de Elena Lyadova, una de las pocos que se escapa de esa degradación moral, que no tiene mas redmedio que asumir con estoicidad.


Es justamente una escena de picnic familiar donde el director de El regreso captura esa esencia de forma magistral. Eso y los tejemejes del alcalde corrupto interpretado por un gran Roman Madyanov son la salsa de un film que, por otro lado, no puede evitar caer en subrayados demasiado obvios: la letrada que lee sentencias sin respiración y el discurso "ortodoxo" final, que caen en los peores defectos del film de denuncia.
Luces y sombras para un sobrio trabajo por encima de la media cuyos coqueteos con el suspense y la comedia mejoran una materia prima, a veces demasiado anquilosada por su trascendencia y cuya mayor virtud es la siguiente: Una capacidad de autocrítica brutal, que no tiene parangón en nuestro país y que muestra una Rusia como dicta su título, como un monstruo marino insondable.

NOTA: 6

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